Mi desafortunada aventura en un camión
Ayer tome un camión, hace mucho que no lo hacia. Me entretiene transportarme así, casi siempre sale un post de estos viajes. Primero pensé en postear sobre el loquito con el que me toco sentarme, mismo que me miraba de reojo y luego bajaba la mirada murmurando algo que jamás entendí, luego me dije; “no, mejor posteare sobre las muchachitas que se acaban de subir y que tienen las cejas pintadas como Rodolfo Gelatino” (¿se acuerdan de Rodolfo Gelatino?), pero el hecho ganador fue cuando yo, viendo que el camión se paraba en un punto donde me convenía y que toda la gente empezaba a bajar, me baje también, de pronto escucho al camionero gritar; ¡Aquí no es parada! Acto seguido cierra la puerta trasera del camión, el único problema es que yo aun no terminaba de bajar. Fue horrible, pensé que aquella puerta me iba a aplastar y a sacar las tripas, luego me di cuenta de que realmente no dolía, lo único que me dolía era el orgullo, pues ahí estaba yo, atorada en la puerta del camión y oía risas detrás de mi, pero que situación tan desafortunada, el camión empezó a andar un poco y alguien grito; ¡esperese oiga! Entonces yo como pude me safe de ahí y seguí mi camino caminando muy propiamente, como si la marrana (jamás entenderé esa expresión, sin embargo la uso). Todavía me duele mi orgullo.
